martes, 28 de julio de 2015

Y yo no digo un reto.



Si un día pensaba
que escribir era un antídoto,
una fórmula para no morir
de tedio y de dolor;
ahora reafirmo que hay muchos culpables
de que existan seres que no se dan permiso
de amar el verso y de liberar el alma.

No se permiten suspirar.
ni soñar, ni anhelar
porque alguien los reprime.
No se permiten besar el rocío
ni aspirar los perfumes del aire.

En cada ser humano hay una jaula
donde se aprisionan los versos.
Primero son letras como fetos:
deformes y no natas.
Después el sentir y la vida
les insuflan aguas como si fuese sangre
y circulan despacio hasta ensancharse.
Luego les nacen plumas y se expanden.
A su tiempo llega una mirada, una voz,
una caricia de manos anhelada...

Entonces ese pájaro se aviva
y aletea intranquilo en la jaula.
Nada habrá de dormirlo ni aquietarlo
sino el vino que traspasan otros labios.
(Inclusos los del hijo o la hija deseados,
o el fervor de la patria, la compasión tal vez...).

De modo que hay un ave y una jaula.
Un alma que se sabe inmortal y no se alarma.
Un cuerpo deseoso de caricias
y el imán infaltable de otra carne,
tal vez un ideal, soñar ser mártir,
abrazarse a una causa, a una utopía,
a los ojos esquivos que no alcanzan...

Todo se junta en la preñez del verso,
gestación inmortal de las palabras
das a luz desenfrenadamente
con el parto normal o por cesárea,
y hay un día en que todos ya dormidos
podemos observar tranquilamente
como sale aquel pájaro del alma.
©LEIBI NG

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