jueves, 31 de enero de 2013

Yo, la hembra


YO, LA HEMBRA
De mi esencia
 yo la hembra
 me preparé a
 reducirme cual
 fantasma,
 orillada a
 cuidar casas como ama
 de huecas llaves,
 metal chato donde pernoctó
 el poder de mis entrañas.
 Abrí todo, menos cuartos prohibidos.
 Supe todo e ignoré amor escondido.
 Eduqué en alguna edad hasta al hijo
 de la amante de mi marido.
Yo, la hembra
 amaestrada para servir el café
 hacer mandados y oler
 (como avanzadilla de un ejército)
vapores perturbadores del olfato
 de mi amo y señor.
 Extermino -cloro en mano-
 la amenaza de mi amado. Cuidé cuevas.
Yo, la hembra, adiestrada
 para decir conveniencias,
 dejé de ser resignada
 cuando me goberné yo.
Ya no hay padre,
 ni marido,
 ni un hermano
 ni el amante
 ni institución
 que decida por mí misma
 sobre mi vida y mi honor.
Seré una, libre y cierta.
 La que ahora te consuela sin cobrarte
 la factura emocional que sé te aterra.
 La que primero que amar, aprende a amarse.
 La que envuelta en autoestima puede darte
 la certeza de una vida sin chantajes,
 donde obtengas, más que un cuerpo
 mis ideas, mis palabras, mis caricias
 y el apoyo y la lealtad más que gigantes.
© Leibi Ng

AUTÓMATA


 
No sé qué hay de entusiasta
en despertar del sueño a la hora
en que el sonido se ausenta
por completo. Como auto liberada
deambula la sustancia del alma
derramada en no sé cuál geografía.
Parece que poseo dominio de materia
pero sin duda es otra quien respira
mi oxígeno. No hay voces, no hay
ladridos, no gritos, no canciones…
ningún sonido, sirena, ni el canto de los gallos…
una maga gesticula sobre jardines plenos
y en vez de hacer un truco se aburre de inclemencia.
La intuición se aposenta rodeada
de mil folios con el desierto a diestra
un vergel a siniestra; al norte el horizonte
al sur la enredadera. El mapa de mí misma
se adentra en cordilleras quebradas de una en otra,
como un zigzag de espera.  Para decir sin voz y sin idea,
carácter conocido, ni lengua hábil, la nada; se enredan
lo que parecen letras: cuentas del collar
ciego que anida en mi cabeza.
Ideogramas perversos que sin ritmo se aciertan
unos con otros, todos, sin ton ni son,
sinsonte de voz hecha de miedos
o total indiferencia de un cuerpo torturado
que al dolor lo desprecia.
Avanzan manecillas de tinieblas perfectas,
nubes de gas morado que ni huele ni pela.
Estoy de nuevo en este túnel de absoluto
silencio donde no me protege la experiencia
ni el hecho de estar aún dormida en mitad de mi lecho.
 
© Leibi Ng