miércoles, 16 de febrero de 2011

"No hablo, no acuso, no hago dinero..."



Quebrada una vez más, sin pretensiones
el aprendizaje del mensaje de la infancia vuelve
reiterativo, con posibilidades plenas:
no estás invitada. No entres.

Retorno más ancha, poseedora de la nada inmensa
te escucho y aletea el harakiri como ángel familiar:
¿Para qué continuar sorbiendo aliento? ¿Acaso no es el fin?
Pero era el fin desde el comienzo de los tiempos.
Ergo ¿qué importa persistir?
Resignación o estupidez
regodeo acomodaticio en el umbral perfecto:
"No hablo, no acuso, no hago dinero"
pero observo y duele
todo lo ajeno y falso
lo equivocado y turbio
la satrapía y la gula
el hambre y sus hienas
la sumisión y la entrega...

¿Para qué pensar querrá el esclavo?
Obedecer es de autómatas y salva
el pellejo vil de animal apaleado
la crueldad no desafiada del sádico que manda
y la triste verdad de que le presto mi energía
a una luz que oscurece. Y lloro.

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