miércoles, 16 de febrero de 2011

"No hablo, no acuso, no hago dinero..."



Quebrada una vez más, sin pretensiones
el aprendizaje del mensaje de la infancia vuelve
reiterativo, con posibilidades plenas:
no estás invitada. No entres.

Retorno más ancha, poseedora de la nada inmensa
te escucho y aletea el harakiri como ángel familiar:
¿Para qué continuar sorbiendo aliento? ¿Acaso no es el fin?
Pero era el fin desde el comienzo de los tiempos.
Ergo ¿qué importa persistir?
Resignación o estupidez
regodeo acomodaticio en el umbral perfecto:
"No hablo, no acuso, no hago dinero"
pero observo y duele
todo lo ajeno y falso
lo equivocado y turbio
la satrapía y la gula
el hambre y sus hienas
la sumisión y la entrega...

¿Para qué pensar querrá el esclavo?
Obedecer es de autómatas y salva
el pellejo vil de animal apaleado
la crueldad no desafiada del sádico que manda
y la triste verdad de que le presto mi energía
a una luz que oscurece. Y lloro.

sábado, 5 de febrero de 2011

Balada triste para María

Y fue manipulada, empujada, engañada.
Ella entre todas las mujeres elegida
por un dios del espectáculo
se convirtió en la piedra del escándalo
para arrastrarla día a día hasta los cincuenta y ocho años.
La amancebó sin pautas con un guión cerrado
la maquilló alterando su juventud inconsciente.
Prostituta, libertina, desquiciada, buscona, puta...
qué fácil fue encajarle un prejuicio de antaño pero siempre vigente.
Era una niña y la fama el anzuelo.
Era una diosa sin conocer su estatus (cediendo su poder como tantas).
Era olorosa como la mantequilla
y estaba sola, sola, completamente sola
entre la multitud desesperada.

Unas escenas y marcada de por vida
se refugió en las drogas, la quietud o las sombras
que no pueden borrar jamás, jamás, jamás
las imágenes que guarda la memoria;
peor aún, los archivos cinematográficos del mundo
la reproducen en todas las visiones para todos los ojos.
Pequeña caótica, aspirante a ser feliz
se fue envolviendo en la cáscara de piel que envejecía de tristeza.

María, eterna musa de los desarraigados
devorada por sus propias células
inmortal desafío del hombre envejeciente
yace en el mármol silencioso y frío
maldiciendo el momento en que aceptó el papel.

© Leibi Ng